Enfrentarse a la crítica de un Modern Warfare es una tarea harto complicada. Ya desde su segunda iteración, la crítica parecía sentir síntomas de hastío hacia lo que puede que sea uno de los éxitos comerciales más importantes de toda la historia de los videojuegos. Si a esto le sumamos la desbandada que pareció producirse en los estudios de Infinity Ward, la imagen de Kotick fue tornándose en el demonio videojueguil, en cuyo tridente se incribió “DLC”, “Paquete de mapas” y “Secuela anual”.
Pero, por mucho que nos guste el Sálvame de los videojuegos, no deja de ser la periferia de un producto que tiene sus límites en él mismo, importando tres carajos lo que pase alrededor del mismo. Así que, si tenemos que observar el producto ¿qué es Modern Warfare 3?
Pues simple y llanamente, uno de los FPS más vertiginosos que jamás se hayan publicado nunca. La cuasi-desmantelada-que-renació-de-sus-cenizas Infinity Ward se ha propuesto crear una experiencia que haga que el jugador sienta que el infierno se está desatando frente a sus retinas. Un apartado gráfico excepcional, que hace reflexionar sobre la obsolescencia de motores como el IDTech 4, acompañado por un apartado sonoro brutal, consigue que, si le añadimos un mapeado de controles de sobra conocido, nos encontremos con un FPS que le pasa la mano por la cara en el Single Player a toda su competencia.

Porque, y he aquí uno de los dilemas de esta saga, un apartado gráfico como el de MW3 ¿es peor o mejor que el de, pongamos, Battlefield 3? Pues depende, señores míos. No se puede negar que Battlefield, gracias a su Frostbite 2, ha generado uno de los entornos más sólidos jamás vistos, dejando en evidencia al mismísimo CryEngine.
Pero ay! amigos, la ópera no termina hasta que canta la gorda, y en el diseño de entornos y personajes, así como en la dirección artística, Modern Warfare 3 le saca unos cuantos cuerpos de ventaja a los títulos mencionados anteriormente.
Todas las carencias gráficas del motor empleado se subsanan con una dirección de arte sensacional, con unos diseños de armas nunca vistos y unas animaciones que funcionan a la perfección, con lo que la respuesta a la pregunta antes planteada quizá no sea ya tan sencilla.

Y luego entramos de lleno en el apartado de la jugabilidad. El hecho de que estemos ante un FPS no ha conseguido que en Infinity Ward se hayan cortado un pelo a la hora de reflejar una gran variedad de situaciones. Conduciremos vehículos, actuaremos como artilleros de apoyo en el AC-130 y, como ya es habitual, tendremos segmentos de acción descarnada alternándose con partes en la que el sigilo y nuestros silenciadores serán nuestra mejor arma. Todo ello para conjurar un Single Player cuya duración es la justa para un juego de este tipo.
Porque no nos olvidemos que la chicha de un juego como Modern Warfare está en el multiplayer. Todos disfrutamos muchísimo de la historia del Capitán Price y compañía, pero lo que de verdad le gusta a la gente es ver volar casquillos de bala y hacer headshots online.

Y vaya online, señores. Un online que es profundo, exigente y que se rige por los cánones de la vertiginosidad y el ritmo endiablado en las partidas. Nada que ver con otros modos multijugador cuya baza está en los grandes escenarios despoblados y una suerte de vehículos que sabe Dios de dónde habrán cogido sus físicas.
En Modern Warfare 3 no hay nada de eso, gracias a Jensen. De lo que sí hay es mucho combate cuerpo a cuerpo, donde Brummel se la juega, con enfrentamientos a corta distancia, porque la pericia de un jugador se demuestra al ver a tu enemigo cara a cara, de poder a poder y, como en los toros, mirar a la muerte fijamente y decirle que no es nuestra hora todavía.
Y eso por no hablar del realismo extremo a la hora de reflejar los enfrentamientos. En otros títulos, tú ves a tu compañero/enemigo y parece un soldado normal, pero al tirarse de un edificio o de un helicóptero/caza/whatever aparece mágicamente de su espalda para librarle de lo que parecía una muerte segura. Menuda tomadura de pelo.
Por el contrario, en Modern Warfare vemos acciones que parecían reservadas a one-man-army como el detective Cobretti o John McClane y que gracias a la querencia por los shooters de Infinity Ward podremos ejecutar en nuestros sistemas de entretenimiento doméstico. Así, podremos eliminar a nuestros contrincantes arrojándoles granadas conmocionadoras, caerán mientras ven venir a la parca cuando nuestro cuchillo impacte su gemelo o podremos marcarnos un marksman shot a la almendra rival mientras caemos desde gran altura y hacemos un 360, como la Xbox.

Porque lo cierto es que cuando introducimos un juego en nuestra consola no lo hacemos para que nos aburran con conceptos como “realismo”, “efecto coriolis” o “procedimiento administrativo”. No, lo hacemos para quedar con nuestros colegas y echarnos unas risas en un modo que ha conseguido que el correcalles guerrillero sea tan divertido como exigente, a la par que innovador, porque no nos engañemos, hay mucho clon y mucho CoD wannabe, pero a la hora de la verdad, todos esperamos con las mismas ganas de siempre nuestra ración de Call of Duty, porque sabemos que es el que mejor hace lo suyo, el que comprende a los usuarios y el que no tiene reparos a la hora de ir ampliando la experiencia paulatinamente, sin importarles lo más mínimo la posición de la crítica especializada, esa que prefiere un juego que no tiene multijugador ni nada como Deus Ex, antes que una experiencia comunitaria y que puede durar cientos de horas, las justas hasta que salga un nuevo Call of Duty.



